LA PULSIÓN Y EL LAZO SOCIAL
…..Combinación, de goce y deseo, lazo y fractura, amor y odio que se encuentran intrincados en el movimiento de las pulsiones…..
…imaginemos canceladas sus prohibiciones: será licito escoger como objeto sexual a la mujer que a uno le guste, eliminar sin reparos a los rivales que la disputen o a quien quiera que se interponga en el camino; se podrá arrebatarle a otro un bien cualquiera sin pedirle permiso:¡qué hermosa sucesión de satisfacciones sería entonces la vida! Claro que en seguida se tropieza con la inmediata dificultad: los demás tiene justamente los mismos deseos que yo y no me dispensarán un trato más considerado que yo a ellos. (Freud, 1927).
Luca Signorelli (1450-1523). Escena de una de sus obras maestras: “El Infierno”. La obra hace parte de la decoración al fresco de la capilla de san Brizio en la catedral de Orvieto.
Sigmund Freud en el comienzo de su texto: Psicología de las Masas y Análisis del Yo (1921) nos indica que los vínculos más cercanos de los sujetos como las relaciones con la persona amada, los padres, hermanos, amigos, maestros, etc., es decir, aquellas figuras que en el transcurso de la vida, primordialmente en la infancia se constituyen en figuras importantes, son considerados sin embargo, por la psicología social o de las masas como una simple psicología individual. Esto implicaba sólo tener en cuenta la descripción de los fenómenos psíquicos como resultado del factor numérico del grupo, o por el tiempo determinado que dichas figuras estuvieran en la vida del individuo.
El Psicoanálisis ha develado que tales figuras no sólo son relevantes en la historia de cada sujeto, sino que se constituyen en figuras ligadas al saber, a la identificación, al amor y a todos aquellos lazos que posteriormente le servirán para pensar los fenómenos transferenciales fundamentales en la clínica psicoanalítica. En dicho texto, como en muchos otros, encontramos un Freud que supo escuchar cómo en la psicología individual estas figuras evocan las anteriores huellas dejadas por las primitivas relaciones con los otros parentales. Las relaciones con el maestro, la hermana, el amigo son establecidas por el sujeto como intentos de repetir identificaciones o relaciones amorosas, en una vía nueva para la pulsión en tanto ésta ha sido tomada por la represión. De las primitivas relaciones eróticas establecidas por el sujeto en su paso por el Edipo, se crearán nuevas vías, nuevos avatares para la pulsión.
De los primitivos lazos eróticos deben emerger entonces los lazos de afecto, amistad, es decir, aquellos lazos que hacen posibles los nuevos vínculos entre los hombres. De la madre a la mujer, del padre al maestro por ejemplo, son las nuevas vías exigidas a los hombres por la civilización, son las nuevas vías propuestas al ser que habla para que pueda insertarse en una colectividad.
La pulsión entonces, si bien siempre está en busca de satisfacción, permite sin embargo, gracias a la represión, gracias a la educación, gracias a las nuevas vías erigidas desde la ley de la palabra y de la colectividad, buscar nuevos fines, alejados de las metas sexuales directas. Los vínculos establecidos con los otros, con los otros filiales, dan cuenta entonces de los avatares de la pulsión. Esta tendrá varios destinos que sabemos incluyen el propio sujeto, la agresividad, el otro, la sublimación, etc., es decir, el paso por el otro en el odio, el amor, pero también la retroacción a sí mismo, la sublimación, etc. Exigencias de satisfacción, que evoca la naturaleza agresiva y sexual de la pulsión, pero al mismo tiempo su posibilidad de orientarse a otros caminos, la vuelta por otros recodos que de no ser posibles, jamás podríamos contar con la civilización.
Lo anterior, da cuenta entonces de una plasticidad propia a la pulsión, su naturaleza es buscar siempre la satisfacción, pero a su vez la posibilidad de su renuncia para dirigirse hacia fines más elevados. Mezcla pulsional, que constituye un sujeto escindido, entre su palabra y la pulsión, es decir, de un lado su origen sexual e inconsciente, su esencia agresiva en su empuje siempre a devorar , a apropiarse del otro, pero de otro lado, su deseo, su palabra, su posibilidad de fines sublimados, aquellos que establecen lazos más fuertes y duraderos entre los hombres.
Ahora bien, si nos remontamos a los orígenes de nuestras colectividades, parece ser, que una de las maneras más antiguas que permitió a los sujetos establecer lazos sociales fue según algunos antropólogos, el sistema del Totemismo, sistema tomado por algunas tribus como por ejemplo: los Pobladores Primordiales de Australia que se dividían en estirpes pequeñas o clanes y a su vez cada uno tenía el nombre de un Tótem. Los clanes tenían como regla fundamental el considerar a todos sus miembros como parientes, creándose así una de sus grandes normas, que consistía en prohibir relaciones sexuales incestuosas al varón con cualquier mujer de su misma estirpe; así mismo, erigir el Tótem, como animal sagrado que les recordaba no sólo la interdicción de origen, sino la de devorar o matar el Tótem.
En su memorable estudio: Tótem y Tabú (1913) Freud indica entonces de manera explícita, cómo los sujetos por medio del sistema Totemista y los preceptos- Tabú, iniciaron los primeros lazos civilizados, construyeron lazos filiales de confianza, lazos tiernos que permitieron los primeros esbozos de las posteriores civilizaciones. El totemismo recordaba entonces que otras leyes regían en el clan, que la prohibición se encuentra en el origen mismo de las civilizaciones. La creación de la exogamia, es decir, el mandato de excluir el goce inmediato, y situar el deseo afuera, en otro lugar externo al propio clan es, podría decirse, la primera noción de familia. Allí se originó el mito del que Freud echa mano para ilustrar el drama Edípico, la renuncia a la mujer del padre para dirigir el deseo a otra mujer. Orígenes míticos que sirven a Freud para pensar las leyes del deseo.
Evocar la prohibición fundamental en el origen mismo de todo tejido familiar, social, es decir, consentir con el No fundamental al incesto, es aquello que en el origen permite, sin embargo, la renuncia al goce directo, primario, al goce anárquico, para en cambio nacer a la palabra, a los nuevos destinos de la pulsión que sitúan al sujeto en los predios del deseo, del pensamiento, de los lazos filiales y civilizados. Sin embargo, los nuevos destinos de la pulsión, no implican la pérdida total de lo que ésta lleva consigo. Sabemos de su origen agresivo y sexual y esto se mantiene de un modo pacificado – algunas veces- en las relaciones entre los sujetos, pero hay que tener en cuenta, pues la historia de las civilizaciones lo recuerda constantemente, que no hay una total renuncia de los contenidos de hostilidad, agresión y muerte hacia el otro.
Tejer lazos, construir civilizaciones, convocar la paz, el pensamiento, pero al mismo tiempo, la fractura constante de los acuerdos, el atropello a los pactos pasados por la palabra, los asesinatos, la segregación, etc, solo dan cuenta de la mezcla, de la combinación, de goce y deseo, lazo y fractura, amor y odio que se encuentran intrincados en el movimiento de las pulsiones.
Al retomar los orígenes míticos de nuestras civilizaciones, nos topamos con el pacto primigenio evocado desde el Totemismo, lo cual nos enseña a través de las experiencias del psicoanálisis que las supuestas repugnancias innatas al comercio incestuoso son propuestas impuestas por los pueblos primitivos y que no se derivaban más que de un tabú “social” al incesto. Respecto a esto, el propio Freud diría: ...el horror de los salvajes al incesto se ha discernido como tal, y no requiere más interpretación. Lo que nosotros podremos añadir para apreciarlo es este enunciado: se trata de un rasgo infantil por excelencia, y de una concordancia llamativa con la vida anímica del neurótico. El psicoanálisis nos ha enseñado que la primera elección de objeto sexual del varoncito es incestuosa, recae sobre los objetos prohibidos madre y hermana; y también nos ha permitido tomar conocimiento de los caminos por los cuales él se libera, cuando crece, de la atracción al incesto. (1913)
Freud entonces en su intento de argumentar el hecho de que la repugnancia al comercio incestuoso es una derivación del tabú del incesto nos indica que las primeras mociones sexuales del individuo joven, son por regla general, de manera incestuosa. A lo anterior le agrega, además de las experiencias del psicoanálisis, un planteamiento de Charles Darwin acerca de “El estado social primordial del ser humano”. Dicho planteamiento, anterior al totemismo, explica la manera de vivir del hombre originario; éste vivía en pequeñas hordas donde el macho más fuerte y viejo por un lado no solo impedía la promiscuidad sexual, sino que también defendía celosamente a todas y cada una de las mujeres de su horda, expulsando incluso a los hijos varones cuando crecían y podían iniciar el comercio sexual. Posterior a dicho tiempo y con la llegada del totemismo las reglas serían iguales solo que dentro de este nuevo sistema.
Si nos acercamos al análisis de casos que Freud realizó, por ejemplo respecto a la zoofobia del pequeño Hans y de la perversión del pequeño Arpàd, y de acuerdo con las teorías del complejo de Edipo y del complejo de castración, puede indicarse entonces, cómo el psicoanálisis se ha apoyado en el mito de la Horda Primitiva y en el sistema Totemista para poder entender y nombrar aquello que sucede en la emergencia misma del sujeto de la palabra, del deseo y por ende , del sujeto inserto en la colectividad. Por un lado, al igual que el totemismo implícitamente da cuenta que el Tótem es el padre, de otro lado, la angustia frente a un animal, se constituye también en el sustituto frente a la angustia por la represalia del padre, es decir, su amenaza de castrar.
De tal manera si el totemismo es la identificación de un hombre con su tótem y este tótem es el padre, entonces diríamos que de las condiciones del complejo de Edipo emergería el totemismo pues los preceptos-tabú de dicho sistema son similares también a las del nombrado complejo: el no matar al tótem - padre - y no usar sexualmente a ninguna mujer -madre y hermana- por temor a ser castrado por el padre.
El sistema Totemista planteaba como una de sus normas, no comer, ni matar al tótem. Orígenes de la civilización, y de la renuncia al goce directo que Freud apoya retomando los estudios acerca del totemismo de William Roberts Smith, donde nos indica que la forma de establecer lazos entre los miembros del clan era por medio del llamado “Banquete Sacrificial”, el cual invitaba e imponía a todos los miembros beber la sangre y comer la carne de un animal sacrificado.
Al respecto Freud agrega que en realidad, era el antiguo animal totémico, el dios primitivo mismo, a través de cuya matanza y devoración los miembros del clan refrescaban y reafirmaban su semejanza divina (1913 ) Sin embargo, a pesar de que tal rito era llevado a cabo con el objetivo de lograr una mayor identificación con el tótem y lograr más unión o fuertes lazos sociales entre los miembros del clan, esto no excluía que posterior a la muerte, y consumación del sacrificio, aparecieran fuertes sentimientos de culpa y ambivalencia. Con el fin de resarcir dicho asesinato, consumaban todo un ritual de lamento y duelo.
Situación mítica sacrificial que permite a Freud ilustrar lo que en su clínica halló siempre como aquellos sentimientos de ambivalencia emergidos en el complejo paterno de los niños, en tanto su intenso deseo por la madre, les lleva imaginariamente a consumar la muerte y expulsión de su rival, el padre. Es este quien posee a la madre, presencia entonces hostil y molesta que debe ser devorada , excluida y asesinada pues es dicha presencia la que evoca siempre a la prohibición , la que recuerda al niño que esa mujer- madre es interdicta para él. Prohibición que le obliga como a los antiguos hombres de la Horda a salir a buscar fuera del clan las mujeres no prohibidas para el goce.
Tótem y Padre es aquel binario del que Freud echa mano para ilustrar su clínica, que mostró siempre el goce y la prohibición, la mezcla de amor y odio, de tendencia a la satisfacción y de renuncia a dicha satisfacción y que le llevó a descubrir no sólo la naturaleza pulsional, sino los orígenes mismos de todo lazo social.
La Historia de todo lazo social se remonta entonces al Banquete totémico como celebración y a la vez trasgresión que dentro de la horda primitiva tenía como líder un padre violento y celoso que expulsaba a sus hijos cuando crecían. Pero estos un día se reúnen, matan y devoran al padre esperando poner fin a su mandato y de esta manera alguno de ellos un día poder ocupar su lugar. Los hermanos reunidos ya en disputa por ocupar el lugar anhelado y estar con todas las mujeres se enfrentan unos a otros sin que ninguno de ellos logre alcanzar tal lugar.
Ya no es ahora el empuje al asesinato sino la culpa por la trasgresión, la persecución del asesinato, el borramiento de la ley, lo que lleva a los hijos a reunirse y a invocar de nuevo el símbolo que les devuelva la paz, los lazos perdidos por la anarquía de un goce no mediado por el padre. Es allí donde se erige de nuevo aquel animal, aquella figura que si bien prohíbe establece un orden perdido.
Tótem, padre, ley, deseo, es entonces la secuencia que da origen a las diferentes organizaciones sociales cada una con un sustituto de aquel padre y además con todos sus preceptos – tabú. Tras eliminarlo, tras satisfacer su odio e imponer su deseo de identificarse con él, forzosamente se abrieron paso las mociones tiernas avasalladas entretanto. Así nació una conciencia de culpa que en este caso coincidía con el arrepentimiento. El muerto, recobró peso, se volvió aun más fuerte de lo que fuera en vida; todo esto, tal como seguimos viéndolo hoy en los destinos humanos (Freud, 1913)
De esta manera el hecho planteado por la psicología de las masas acerca de no considerar importante las relaciones del sujeto con sus más cercanos queda en gran medida interrogado.
El mito de la prohibición del incesto evoca entonces los orígenes del deseo, de los lazos y vínculos entre los hombres, mito que permitió a Freud pensar la emergencia del sujeto como efecto de un No, es decir, de la renuncia a permanecer colmado, siendo el objeto de goce para la madre, renuncia a un goce simbiótico que debe ser interrumpido, mediado, prohibido por un tercero que venga a señalarle que esa mujer-madre no le pertenece. Prohibición que le permite al niño dar la vuelta a otro lado, emerger como sujeto separado de su goce inicial, sujeto entonces del inconsciente pero ya no más del goce anárquico, que de no renunciar a él, no se le permitiría hacer parte de un tejido social, ni ser sujeto de la palabra. Pero al mismo tiempo, un sujeto que ya dispondrá de su pulsión para dirigirse a los otros para amarlos, desearlos, pero también odiarlos y agredirlos y que de otro lado, le permitirá dar otros rodeos por la palabra, el pensamiento, la sublimación, la colectividad.
Vemos entonces como se hace claro toda la articulación entre inconsciente, pulsión y lazo social, que Freud en su clínica pudo formular, a través de mitos Edipicos y de Hordas primitivas. Lo anterior, porque si pensamos el asunto de la horda un poco mas a fondo observamos que los lazos sociales establecidos se hacían posibles por la misma plasticidad ya mencionada de la pulsión, que puede orientarse también a una meta sexual inhibida, obligada a buscarse por el comportamiento celoso y violento del padre que conducía a los sujetos a renunciar a una gran parte de su satisfacción, a un sacrificio de las exigencias pulsionales. El padre forzaba a la abstinencia y empujaba entonces a establecer otros vínculos por medio de una pulsión con meta inhibida.
Precisamente es este asunto el que puede considerarse como una de las causas del asesinato primordial, tal prohibición , una de las reacciones al asesinato del padre fue, en efecto, la institución de la exogamia totémica, la prohibición de toda relación sexual con las mujeres de la familia, amadas con ternura desde la infancia. Así se introdujo la cuña entre las mociones tiernas y las sensuales del varón, cuña enclavada todavía hoy en su vida amorosa. A consecuencia de esta exogamia, las necesidades sensuales de los varones, tuvieron que contentarse con mujeres extrañas y no amadas. (Freud, 1921)
Quizás entonces es de esta manera que se aclara un poco la relación, la mezcla pulsional, que subyace en la vida de cada sujeto. La posibilidad que tiene el sujeto de la palabra de a través de la prohibición originaria dada por la función del tercero mediador entre el goce del origen a ingresar, sin embargo, al mundo del deseo y de las relaciones pacíficas con los otros. Las pulsiones sexuales podrán renunciar, buscar otras vías, gracias a los obstáculos de la ley, el deseo, la educación y buscar otros modos de satisfacción que Freud nos dice han posibilitado también inmenso goce a los hombres y a las civilizaciones a lo largo de su historia.
Todo lo anterior es retomado por Freud en El Malestar en la Cultura (1930) donde indica, cómo la renuncia de lo pulsional permite la edificación de la cultura, lográndolo por medio de un sometimiento pulsional que consiste en desviar a la pulsión por otras vías, por otros destinos hacia unas metas más moderadas que la satisfacción directa, así el individuo lograría liberarse y protegerse de una gran parte del sufrimiento.
Sin embargo, hemos visto que es innegable que sobreviene una reducción de las posibilidades de goce. El sentimiento de dicha provocado por una satisfacción de una pulsión silvestre, no domeñada por el yo, es incomparablemente más intenso que el obtenido a raíz de la saciedad de una pulsión enfrenada. Aquí encuentra una explicación económica el carácter incoercible de los impulsos perversos y acaso también el atractivo de lo prohibido como tal. (Freud, 1930).
De esta manera vemos que aunque puede que se logre mitigar gran parte de nuestro sufrimiento por medio de las prohibiciones y limitaciones culturales, hay también una gran resto que nos muestra el ser humano en su asombrosa hostilidad a la cultura, en la hostilidad, en el odio, en la agresividad no solo hacia sí mismo sino hacia los otros, un resto que es tramitado por el individuo fuera de toda norma, de toda ley, como reclamo a las limitaciones y prohibiciones culturales respecto no solo a la satisfacción sexual sino a todas las exigencias del medio cultural; las exigencias ejercidas por la educación, los ordenamientos por parte de la iglesia, de abstinencia y de castidad , la igualdad exacerbada , en fin toda esta clase de ideologías impuestas que confrontan al sujeto y lo llevan a responder en muchas ocasiones con hostilidad y agresión.
Como se alcanza a apreciar en el transcurso de este articulo, el lazo social en los humanos ha sido relacionado no solo con la protección al sufrimiento que pueda ejercer la cultura sino también con el odio o más aún con las conductas agresivas, encontrando como una de las fuertes causas a las mismas reglas sociales o las exigencias culturales, la violencia originaria del parricidio y su recuerdo totémico (el nombre del padre (muerto)) se encuentran en el origen de las reglas sociales pero también (y es lo que nosotros agregamos) en el corazón de las masacres de masas. (Zafiropoulos, 2003).
Por lo tanto, cuando Freud indica al parricidio como el mito fundante de la sociedad humana, vemos que esto no es suficiente para aclarar la fuente de la agresividad, pues en su clínica descubre que si bien renunciar a las exigencias pulsionales, derivadas de ese primer asesinato, se hace necesario para que puedan establecerse las alianzas y pactos entre los hombres, la renuncia no parece ser la fuente de pacificación pues al contrario, a más renuncia pulsional, más exigencia.
La cara feroz del superyó que Freud escucha en su clínica, le revela un lado oscuro e insaciable de la instancia superyoica, que no parece silenciarse, ni pacificarse, en tanto no perdona por dar rienda suelta a la pulsión, pero tampoco absuelve cuando ésta es sofocada por los cánones culturales o morales. Ambigüedad que se establece en la relación originaria del sujeto con la pulsión, es juzgado por acceder a ella, y es juzgado por renunciar a sus exigencias de satisfacción. Ambigüedad establecida por la toma del sujeto por la ley, que lo introduce al mundo de la palabra, pero le engendra una culpa que es otra de las caras de la agresividad que Freud escuchó en la reacción terapéutica negativa, en el empecinamiento, en el sufrimiento y como ya se dijo, en los juicios tiránicos que cada sujeto tiene que enfrentar en las voces del superyó.
Para ir concluyendo, una cita Freudiana, quizás no muy alentadora, pero seguramente convocara reflexiones y sobre todo propuestas frente al que-hacer del analista en este in-mundo actual donde cada vez mas los sujetos tienden fracturar los lazos sociales; Las pasiones que vienen de lo pulsional son más fuertes que unos intereses racionales. La cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para sofrenar mediante formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones. De ahí el recurso a métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida; de ahí la limitación de la vida sexual y de ahí, también el mandamiento ideal de de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad efectiva solo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la naturaleza humana originaria. Pero con todos sus empeños, este afán cultural no ha conseguido gran cosa hasta ahora. (1930) ¿Qué se ha conseguido o qué proponer entonces desde el psicoanálisis?
Dejo abierta por el momento la pregunta y retomo. Si la cultura, si la sofocación pulsional no logra poner los límites suficientes pues la estructuración de la agresividad en el sujeto humano hablante es mas arcaica y primitiva, no puede ser entonces dejar la entera victoria a la pulsión, se debe en cambio indagar más afondo y empezar el trabajo psicoanalítico.
Freud empieza a develar por ejemplo, que los seres humanos no se destruyen a si mismos, o a otros, por asuntos de nacimiento, pobreza, o falta de cubrimiento o satisfacción a sus necesidades básicas como a veces se ha querido indicar, pues estas circunstancias no son determinantes para que un sujeto no solo se destruya sino que quiera destruir a los otros, a sus semejantes, a sus ideales.
Si bien tales asuntos de orden externo se juegan y siempre hay que alentar a otras disciplinas a ocuparse de ellos, realmente no se pueden establecer como causa de todo el conflicto interno que el sujeto vive desde su encuentro con el otro, desde esa renuncia que no puede ser pensada por fuera de hostilidad, renuncia que implica un No originario, un no fundamental que muestra al sujeto un más allá, donde frente a lo nuevo, a lo extranjero el incipiente sujeto sentirá hostilidad, origen quizá del odio por todo lo externo.
Es pues desde aquella condición psíquica originaria, que se nos indica que desde el comienzo mismo de las funciones intelectuales del sujeto, desde la relación fundante con lo otro, con todo lo exterior y los objetos son teñidas de odio. Lo exterior al sujeto le implicará aquello de lo que no quiere saber, la asunción a la palabra, el sí a la humanización, que sabemos le implica renunciar al estado de placer originario, como se ha venido mencionando en este escrito.
Por lo tanto, es fundamental entonces indicar que hay un más allá en la subjetividad de cada quien, al que puede accederse con un saber, saber de eso que nos habita, saber de nuestros límites y saber de esa tendencia arcaica fundante de la cultura misma, que ha engendrado el odio entre los seres humanos y que en el uno por uno, en los decires diarios de la clínica Freud empezó a develar y advertir siempre con su descubrimiento : Una tendencia arcaica, originaria, de destruirnos y destruir; tendencia que tal y como se indicó le reveló su clínica y sus argumento desde sus estudios acerca de la pulsión, el inconsciente y el origen fundante de las comunidades humanas y que en su texto de 1920: Más Allá del Principio del Placer; pudo nombrar como pulsión de muerte.
Por eso entonces, la propuesta psicoanalítica es la de entrar a saber acerca de ello, de lo peor que nos habita, saber que pérdidas de la historia de cada sujeto le han implicado duelos y renuncias, qué dolor ha quedado ligado a las palabras y al cuerpo y de qué modo en estas palabras y en el cuerpo se gestan los síntomas particulares, el modo en que cada quien se hace daño, se arremete a sí mismo y a otros para recordar dolores antiguos , a los que aún no termina de renunciar, saber esto o saber acerca de esto es lo que el psicoanálisis ofrece a lo particular y un modo distinto de pensar la agresividad en el ámbito social.
• Freud Sigmund. (1913).Tótem
y Tabú. En: Obras completas.
Argentina. Amorrortu editores Vol. XIII. P 26, 140, 145
• Freud Sigmund. (1920). Más allá de el principio de placer. En: Obras completas. Argentina. Amorrortu editores Vol. XVIII
• Freud Sigmund. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. En: Obras completas. Argentina. Amorrortu editores Vol. XVIII. P 133
• Freud Sigmund. (1927). El porvenir de una ilusión. En: Obras completas. Argentina. Amorrortu editores Vol. XXI. P 15
• Freud Sigmund. (1930 (1929)). El malestar en la cultura. En: Obras completas. Argentina. Amorrortu editores Vol. XXI. P 79, 109
• Zafiropoulos y colaboradores, 2003. Revista de Psicoanálisis Monográfico. FÒRUM psicoanalitic Barcelona.
Clínica de la violencia. 4 y 5 de octubre. P 38